El monstruo de Boca Paila

En la desembocadura de la laguna de Boca Paila, 25 Km. al sur de Tulum, asecha un dinosaurio voraz, que con sus cuatro metros de largo manifiesta que, pese a todo, el Caribe mexicano todavía puede ser salvaje.

Recientemente regrese al Caribe mexicano. Tenía más de diez años de no ir por allá y algo de curiosidad morbosa por constatar en qué se había transformado uno de los paraísos tropicales más evocativos del planeta. La famosa Riviera Maya me recibió con esa constante suya de cambio drástico del paisaje silvestre y alteración grotesca de los recursos naturales. Nuevos desarrollos por doquier. Selva suplida por parques temáticos de aventura. El manglar desplazado para dar lugar a absurdas atracciones, por ejemplo una aberrante recreación de Xochimilco con sus trajineras y mariachis. El entorno biológico explotado para el entretenimiento del turismo eco-masivo estilo “all inclusive”. 

¿Estudios de impacto ambiental? Por favor. Hasta un niño autista se daría cuenta de que aquí la SEMARNAT se renta por temporada y que las reservas son subastadas al mejor postor. Filtración de contaminantes en los mantos acuíferos, manejo sospechoso de desechos inorgánicos, ciudades completas sin drenaje y el arrecife coralino completamente devastado. 

Playa del Carmen, ya fue; eso es evidente. Desde que las olas comenzaron a romper contra las paredes del Liverpool y el Palacio de Hierro a orillas del mar, su extravío se hizo tangible. Pero Tulum se había salvado. O al menos eso era lo que yo pensaba. Claro que no estaba conciente de la transición de destino rural costeño a capital del Eco Chick. La misma cabaña ruinosa de piso de arena, cama desvencijada y techo de palma con hoyos, que antes costaba doscientos pesos por noche, ahora te la cobran en dólares. Y esto aplica hotel tras hotel a lo largo de los numerosos kilómetros de playa que se extienden desde las ruinas hasta la reserva de Sian-Ka’an.

¿Qué cambió? La demanda. El tipo de turismo. Los visitantes contemporáneos que hoy en día requieren de clases de yoga, DJ y desayuno macrobiótico para ser felices. Palapa con WiFi y chaman a la carta. Bueno, basta ya de evidenciar lo negativo. La suerte está echada. La debacle ecológica seguirá avanzando mientras que las ganancias monetarias sean las que marquen la pauta de las actividades cotidianas. No obstante, no todo está perdido. Aún queda algo de biota prístina que disfrutar. A fin de cuentas este es uno de los sitios más hermosos del mundo y no por nada los Mayas lo eligieron para proyectar su grandiosa civilización. 

Aunque los esfuerzos empresariales no han sesgado en su intento por dominarlo todo, todavía existen grandes extensiones de vegetación imperturbada y algunos destinos que se han salvado del desarrollo desenfrenado, o que, al menos, han sabido como sacarle provecho sin destrozar por completo el ecosistema. Tal es el caso del sitio hacia donde yo me dirigía en la presente excursión. 

Punta Allen es un pequeño pueblo de pescadores localizado en el extremo sur de una península estrecha dentro de la reserva de la biosfera de Sian-Ka’an. Es un paraje apacible, conocido principalmente por su aprovechamiento sustentable de langostas, deslumbrante pesca deportiva y abundante fauna marina. Alcanzarlo implica atravesar sesenta kilómetros de selva por una vía costera en mal estado. Lo que requiere de mucha paciencia, en especial si ha llovido, o contar con una cartera abultada para rentar una camioneta 4X4. Como esa no era para nada mi situación, me tuve que conformar con embutir mis carnes dentro del colectivo local.

Cuando llegué al sindicato de taxistas, acompañado por un par de amistades, había ya unos quince elementos a bordo de la combi diseñada para doce pasajeros. Nosotros éramos tres. Por un momento pensé que no lo lograríamos, resultaba evidente que la capacidad máxima del transporte estaba rebasada. Pero el chofer ni se inmutó, nos retacó con maestría entre los demás tripulantes, realizando una especie de Tetris humano, y zarpamos, junto con maletas y bultos, hacia las tres horas de terracería que nos aguardaban. En realidad quizás esta sea la mejor manera de transitar los quinientos baches que separan Punta Allen de Tulum, pues entre el calor y la aglomeración de tejido todos los cuerpos se funden en una sola superficie gelatinosa de maza y sudor y así los botes no se sienten tanto. 

Al poco tiempo de haber cruzado el arco de entrada a la reserva una caravana conformada por no menos de quince jeeps nos rebasó a gran velocidad. Los poderosos vehículos pasaron botando piedras y aplastando iguanas a su paso, y nos dejaron envueltos en una nube de polvo. 

–Pinchis gringos –masculló la señora que viajaba pegada a mi derecha. 

–¿Son gringos? –le pregunté ingenuamente para hacer platica. 

–Pos y que carajos van a ser si no. ¿Quién más pagaría ciento ochenta dólares por un viaje de solo un día? –me contestó hastiada.  

Todas las mañanas sale un convoy turístico desde Tulum para hacer el “Jeep Safari.” Por módicos ciento ochenta dólares el paquete incluye: manejar desenfrenadamente los sesenta kilómetros de terracería, paseo en lancha para ver delfines, comida tipo bufet de pescados y mariscos, barra libre de refrescos y de regreso al hotel a tiempo para ver el atardecer con una margarita light. Por cincuenta dólares más, el lunch puede incluir también langosta. En temporada alta el contingente del paseo organizado puede estar integrado por más de sesenta vehículos divididos en varios grupos que, en opinión de los pobladores, desgracian el camino y ocasionan que la terracería sea aún más difícil de superar. Eso dicho, el tour representa una buena entrada de dinero para la localidad.

Una hora después hicimos una parada forzosa antes de cruzar el puente de Boca Paila. Una llanta de nuestro trasporte andaba baja y el chofer no quería que esta fuera a explotar en la mitad de la nada. Nos bajamos con gusto y esperamos unos minutos antes de que nuestros contornos anatómicos recuperaran su forma regular. 

El puente de Boca Paila se levanta sobre una desembocadura de laguna, por debajo de su estructura se juntan el agua dulce verdosa con el mar technicolor. Es una vista como de postal, con decenas de tonos azules alternándose sobre el fluido. Sobre el puente algunos pescadores locales probaban suerte. Nos aproximamos hasta ellos y contemplamos atónitos el hipnotizante panorama. 

Estaba completamente inmerso en la experiencia estética cuando unos gritos me sacaron de mi estupor. Abajo, a la sombra del puente, un grupo de extranjeros pretendía meterse al agua al tiempo que varios pobladores les gritaban que no lo hicieran. Sus aspavientos eran tan enérgicos que algunos de los turistas comenzaba a molestarse. Discutieron sin entenderse hasta que apareció el tour manager en la escena y se llevó a los forasteros de vuelta a sus jeeps. 

–Estos güeros no vieron el videíto, o ¿qué onda? –dijo uno de los pescadores que estaba a nuestro lado.

–Tssss, no mames, ya no la muelan. Na’ más no aprenden. –contestó otro pescador entre risas.

–¿Qué video o qué? –les preguntó una de mis amigas. 

–Pus el de la semana pasada… ¿Qué ustedes tampoco lo miraron? 

Negamos con la cabeza sin tener la menor idea de que nos hablaban. 

–A ver Macario, presta tu teléfono para enseñárselos –comandó el primer pescador. 

El mentado Macario extrajo de su bolsillo un Nokia de pantalla desgastada y esto fue lo que mostraron:

Eso sí es que la bala pase rozando –pensé–. Aunque, a decir verdad, tras una segunda inspección, resulta evidente que el cocodrilo no estaba en modo de ataque depredador, sino simplemente quería darle un vistazo más cercano a la posible presa. Porque lo cierto es que, de haber querido comérselo realmente, el desafortunado no la hubiera librado jamás. Sin embargo, estar en el agua y que una bestia pleistocénica de casi cuatro metros de largo se abra paso despreocupadamente hacia tu persona, no debe ser nada, pero nada agradable. 

Desgraciadamente el cocodrilo no estaba ese día por ahí y el chofer ya había logrado arreglar la llanta del colectivo. Así es que nos despedimos de los pescadores, volvimos a ser enlatados dentro de la combi y continuamos el trayecto.


El cocodrilo de río, o Crocodylus acutus para ser más exactos, es la especie de mayor tamaño de estas fieras que habita en el continente americano y uno de los lagartos más grandes que existen. Pueden llegar a rebasar los cinco metros de largo y la media tonelada de peso. Cuentan con cabeza alargada y mandíbulas poderosas de las cuales sobresalen los dientes cuando la boca está cerrada. Su cola es extensa y fuerte, sus patas cortas y anchas. Son grandes nadadores, pasan la mayor parte del tiempo sumergidos en el agua. Poseen glándulas excretoras de sal, lo cual los dota con la posibilidad de también explorar el medio marino. Su actividad aumenta durante la noche, momento en el cazan activamente. Cuando son crías, se alimentan principalmente de peces, pero conforme se desarrollan, su dieta incrementa e incluye mamíferos de todo tipo que atrapan emboscándolos en las orillas de los cuerpos de agua dulce. Su distribución neotropical es sumamente amplia, va desde Sinaloa hasta Perú, en la costa del Pacífico, y desde Veracruz hasta Venezuela, en la del Atlántico, con poblaciones en Florida, Cuba, las Antillas y todo Centroamérica.

Se han reportado numeroso casos de ataques a humanos. Sin embargo, las agresiones por parte de nuestra especie siempre han sido mucho más letales. Durante buena parte del siglo XIX y XX la industria peletera aniquiló a millares de ejemplares para curtir su piel. La explotación alcanzó tal grado que, en varias zonas de su distribución natural, prácticamente desaparecieron por completo. Apenas en 1970 la especie recibió protección especial y sus números paulatinamente se han ido recuperando.  

 

Poco antes de llegar Punta Allen pasamos junto a un esqueleto de jeep calcinado. Ante la aparición del fantasma metálico, la señora que se fundía con mi lado derecho volvió a mascullar: “Pinches gringos.” 

En el pueblo nos encontramos con que el famoso video de la embestida reptiliana era un tema obligatorio de conversación. Platicando con distintos personajes de la localidad, averiguamos que ese cocodrilo en particular frecuentaba el puente de Boca Paila porque algunos pescadores le aventaban sobras de comida y que, incluso, había aprendido a robarles la captura de los cordeles. Con todo eso, el brutal saurio le había ido perdiendo el miedo característico a los humanos. Lo cual, en opinión de varias personas, era una cuestión bastante peligrosa. Por ahí también nos contaron que en la zona se habían suscitado ya un par de ataques mortales. Al parecer, el más reciente involucrando a un niño. Pero no hubo manera de corroborar estos datos. De cualquier manera, no es precisamente la mejor idea chapotear en una laguna oscura bajo la luz de la luna.

En los días subsecuentes Carlos y el Caníbal, dos amigos locales, nos dieron una buena paseada por los alrededores. Presenciamos manatíes en estado salvaje, tortugas y delfines. Pescamos, o bueno más bien atestiguamos como lo hacían, langostas, calamares y un mero de ocho kilos. Recorrimos varios kilómetros de manglares salpicados por incontables islotes donde aún abundan venados, jaguares y coatíes. Vimos de lejos las islas del Cayo Culebra, donde el exbanquero Roberto Hernández construyó su controvertido hotel de lujo y escuchamos como él y un grupo de empresarios acaudalados ya comienzan a planear mega desarrollos en la región. Tristemente, el hecho de figurar como parte de una reserva de la biosfera, al parecer no es mayor impedimento si se cuenta con los billetes necesarios. 

En el camino de regreso abandonamos el colectivo en el puente de Boca Paila. La silueta de la bestia me obsesionaba a un grado demencial. Necesitaba observarla con mis propios ojos. Nos acercamos a los pescadores y les preguntamos si se había aparecido. Nos dijeron que ahí había estado el día anterior robándose pescados. Montamos guardia ansiosa. Esperamos bajo el sol durante un par de horas pero no hubo suerte. El dinosaurio (y no es figura retórica, sino evolutiva, pues los cocodrilos no son propiamente reptiles bajo el enfoque filogenético, sino parte del superorden archosauria que comprende a dinosaurios, cocodrilos y aves) no nos bendijo con su magnifica presencia. Tuvimos que conformarnos con ver repetidamente el video en el celular de Macario y varias fotos. Derrotados, cachamos un aventón de regreso a Tulum. 

Solo queda esperar que si algún día la fortuna quiere que mis píes vuelvan a pisar la profanada Riviera Maya, el monstruo de Boca Paila siga por ahí figurando como uno de sus últimos reductos salvajes. 


Este reportaje se publicó como parte de mi columna Distrito Feral, en Vice.com, agosto 2014

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